17 de octubre de 2010

Capítulo I. Primera parte.

Sí, era un tipo de palacio o castillo, abrazado por ríos y lagunas mientras disfrutaba de la brisa que acariciaba sus muros. Yo estaba a unos cien metros de él, contemplando sus pequeños detalles a lo lejos, pero aún así brillaban como los primeros rayos de Sol que caen por las mañanas. Parecía un castillo de princesas, el que salía en todos los cuentos que me fascinaban cuando era pequeña. Era mejor de lo que siempre había imaginado. El cielo se quedaba corto en comparación con sus torres.
Empecé a correr hacia la puerta sin pausa, pensé que me iban a reventar los pulmones del esfuerzo, pero el ansia que tenía por investigar el lugar superaba las consecuencias. Se cruzaron por mis pies tantas plantas y ramas que aquello me recordó a un documental que ví sobre la flora de los bosques tropicales más grandes del mundo. Por fin llegué, me planté dudosa delante de la puerta, unas once cabezas más alta que yo.
Miré hacia mi derecha, varias ranas de distintos tonos verdes se daban un chapuzón en la charca, quise creer que serían príncipes esperándome para besarles. Me decidí y de unas cuantas patadas -las más fuertes que pude dar-, se abrió y corriendo me metí impaciente deseando encontrar algo que le diera un toque de felicidad a mi nueva vida, algo que me recordara a mi antiguo príncipe, al palacio que construimos con nuestro amor.
Pero no, era justo lo contrario a lo que quería ver. Pocos rayos de luz tenían la suerte de colarse por los agujerillos de las ventanas, tapadas con grandes tablas de madera ya casi negras. El polvo se apoderaba de todo.
Seguí andando, pude distinguir unos cuantos muebles, y tras soplar a todo pulmón vi unos cuadros enormes en lo que supuestamente sería el salón principal. En uno de ellos había una mujer muy delgada, no se le veía feliz. Vestía un vestido rojo, luciendo muchas joyas por todas partes. En el otro cuadro había un hombre con una espada, señalando a una niña que yacía en el suelo con su vestido blanco cubierto de sangre.
¡Era de locos! Ese antiguo palacio no era de ricas princesas casadas felizmente con sus príncipes, sino una cárcel dirigida por un psicópata sin escrúpulos. Había más cuadros, todos ellos llenos de sangre y dolor, de mujeres y niñas. Espero que en su tiempo ese hombre haya sido castigado con una muerte indigna. Era horrible, deseaba salir de ahí lo antes posible, pero mi curiosidad no me dejó.
Subí las escaleras con sumo cuidado, pues las infinitas grietas avisaban su derrumbe. Intenté no perderme por los pasillos. Llegué a unas cuantas habitaciones, casi todas con altísimas estanterías repletas de libros. Encontré un dormitorio que era mucho más grande que el resto, una cama enorme, chimenea, mesa y sillas... supuse que sería de él. No había nada misterioso que pudiera delatar sus delitos.
Salí de esa casa, era escalofriante y yo había venido a este pueblo por placer, para descansar y desconectar. Y la verdad es que esto no ayudó a desalojar mis recuerdos.
Fui corriendo al área de descanso donde perdí a mis compañeros. Estaban un poco desesperados buscándome.
- ¡Haylie! Pero, ¿se puede saber dónde te habías metido? Joder, ¡no hace ninguna gracia! Ya estábamos en lo peor.