- ¡Haylie! Pero, ¿se puede saber dónde te habías metido? Joder, ¡no hace ninguna gracia! Ya estabamos en lo peor.
- Lo siento, Maggie, me entretuve buscando unas flores silvestres que vi asomar cerca de aquí.
- Ah, ¿y dónde están?
- Oh, las perdí por el camino.
- Ya... eres peor que una niña pequeña, de verdad. ¿No escuchaste al guía? No debemos alejarnos de la carretera. Hay muchos bosques por aquí y podemos desorientarnos muy facilmente.
- ¡Vale, mamá! No volveré a desengancharme de tu brazo. - Le guiñé el ojo mientras puso cara de pocos amigos.
Cuando me di cuenta de que por mi culpa se había retrasado tanto la ruta que casi llegaba a su fin y vi a todos subiendo al autobús, me avergoncé tanto que intenté camuflarme detrás de mi amiga. Imposible.
- Chicos, dadle gracias a la señorita Harrison por volver ya al hotel.
- ¿Por qué no cierras esa enorme bocaza que tienes, capullo?
- Déjalo Mag, no merece la pena.
Al llegar al hotel todos se fueron a cenar a un buen restaurante para celebrar la última noche de vacaciones en el pueblo. Yo no tenía ningunas ganas,quería volver a casa, al trabajo. Dejar de pensar en lo solitaria y asquerosa que se había vuelto mi vida. Pero, de todas formas, acabaría yendo,mi mejor amiga no se merece cenar sin mí, entre gente simpática -bueno, no todos-, sí, pero que sólo conocía de seis días.
- Vamos tardona, ya deberíamos estar en la puerta. - Me dijo mientras cambiaba sus cosas de un bolso a otro.
- Ya voy, sólo falta maquillarme un poco, estoy más pálida de lo normal. - Intenté parecer entusiasmada.
Pero para nada lo estaba, estaba triste, cansada, harta. ¿Por qué? Todo me parecía indiferente, no soportaba a la gente que se interesaba por acercarse a mí, sólo me apetecía estar conmigo misma, y con su recuerdo... Ver todas las noches su fotografía y a una nueva lágrima deslizándose por ella. Acariciar el lado de su cama, comer su helado preferido y dedicarle poemas todavía, imaginando que me da un beso agradeciéndomelo. Intentaba no ser tan estúpida, mirar hacia delante y centrarme en las cosas que realmente valen la pena. Si me dejó fue por algo, no me convenía, no merecía mi amor... pero, ¿cómo no va a merecer todo esto el único hombre perfecto de la Tierra? No podía ponerme en su contra, aunque me clavara cien cuchillos en el pecho.
La cena se me hizo muy muy larga, todos hablaban de sus familias, de lo contentos que estaban con sus trabajos y, como no, comentarios atacantes iban dirigidos a mi persona.
- Aguanta Haylie, aguanta. - Me dije a mí misma. Vi la sonrisa de Maggie al mirarme. Por ella soy capaz de hacer los paripés que haga falta. Si yo no soy feliz, quiero, al menos, que ella lo sea.
Haylie Harrison es una joven decepcionada por el amor, buscando pretextos para llevar su vida con normalidad, acostumbrada a que ésta se lo ponga siempre difícil.
3 de noviembre de 2010
17 de octubre de 2010
Capítulo I. Primera parte.
Sí, era un tipo de palacio o castillo, abrazado por ríos y lagunas mientras disfrutaba de la brisa que acariciaba sus muros. Yo estaba a unos cien metros de él, contemplando sus pequeños detalles a lo lejos, pero aún así brillaban como los primeros rayos de Sol que caen por las mañanas. Parecía un castillo de princesas, el que salía en todos los cuentos que me fascinaban cuando era pequeña. Era mejor de lo que siempre había imaginado. El cielo se quedaba corto en comparación con sus torres.
Empecé a correr hacia la puerta sin pausa, pensé que me iban a reventar los pulmones del esfuerzo, pero el ansia que tenía por investigar el lugar superaba las consecuencias. Se cruzaron por mis pies tantas plantas y ramas que aquello me recordó a un documental que ví sobre la flora de los bosques tropicales más grandes del mundo. Por fin llegué, me planté dudosa delante de la puerta, unas once cabezas más alta que yo.
Miré hacia mi derecha, varias ranas de distintos tonos verdes se daban un chapuzón en la charca, quise creer que serían príncipes esperándome para besarles. Me decidí y de unas cuantas patadas -las más fuertes que pude dar-, se abrió y corriendo me metí impaciente deseando encontrar algo que le diera un toque de felicidad a mi nueva vida, algo que me recordara a mi antiguo príncipe, al palacio que construimos con nuestro amor.
Pero no, era justo lo contrario a lo que quería ver. Pocos rayos de luz tenían la suerte de colarse por los agujerillos de las ventanas, tapadas con grandes tablas de madera ya casi negras. El polvo se apoderaba de todo.
Seguí andando, pude distinguir unos cuantos muebles, y tras soplar a todo pulmón vi unos cuadros enormes en lo que supuestamente sería el salón principal. En uno de ellos había una mujer muy delgada, no se le veía feliz. Vestía un vestido rojo, luciendo muchas joyas por todas partes. En el otro cuadro había un hombre con una espada, señalando a una niña que yacía en el suelo con su vestido blanco cubierto de sangre.
¡Era de locos! Ese antiguo palacio no era de ricas princesas casadas felizmente con sus príncipes, sino una cárcel dirigida por un psicópata sin escrúpulos. Había más cuadros, todos ellos llenos de sangre y dolor, de mujeres y niñas. Espero que en su tiempo ese hombre haya sido castigado con una muerte indigna. Era horrible, deseaba salir de ahí lo antes posible, pero mi curiosidad no me dejó.
Subí las escaleras con sumo cuidado, pues las infinitas grietas avisaban su derrumbe. Intenté no perderme por los pasillos. Llegué a unas cuantas habitaciones, casi todas con altísimas estanterías repletas de libros. Encontré un dormitorio que era mucho más grande que el resto, una cama enorme, chimenea, mesa y sillas... supuse que sería de él. No había nada misterioso que pudiera delatar sus delitos.
Salí de esa casa, era escalofriante y yo había venido a este pueblo por placer, para descansar y desconectar. Y la verdad es que esto no ayudó a desalojar mis recuerdos.
Fui corriendo al área de descanso donde perdí a mis compañeros. Estaban un poco desesperados buscándome.
- ¡Haylie! Pero, ¿se puede saber dónde te habías metido? Joder, ¡no hace ninguna gracia! Ya estábamos en lo peor.
Empecé a correr hacia la puerta sin pausa, pensé que me iban a reventar los pulmones del esfuerzo, pero el ansia que tenía por investigar el lugar superaba las consecuencias. Se cruzaron por mis pies tantas plantas y ramas que aquello me recordó a un documental que ví sobre la flora de los bosques tropicales más grandes del mundo. Por fin llegué, me planté dudosa delante de la puerta, unas once cabezas más alta que yo.
Miré hacia mi derecha, varias ranas de distintos tonos verdes se daban un chapuzón en la charca, quise creer que serían príncipes esperándome para besarles. Me decidí y de unas cuantas patadas -las más fuertes que pude dar-, se abrió y corriendo me metí impaciente deseando encontrar algo que le diera un toque de felicidad a mi nueva vida, algo que me recordara a mi antiguo príncipe, al palacio que construimos con nuestro amor.
Pero no, era justo lo contrario a lo que quería ver. Pocos rayos de luz tenían la suerte de colarse por los agujerillos de las ventanas, tapadas con grandes tablas de madera ya casi negras. El polvo se apoderaba de todo.
Seguí andando, pude distinguir unos cuantos muebles, y tras soplar a todo pulmón vi unos cuadros enormes en lo que supuestamente sería el salón principal. En uno de ellos había una mujer muy delgada, no se le veía feliz. Vestía un vestido rojo, luciendo muchas joyas por todas partes. En el otro cuadro había un hombre con una espada, señalando a una niña que yacía en el suelo con su vestido blanco cubierto de sangre.
¡Era de locos! Ese antiguo palacio no era de ricas princesas casadas felizmente con sus príncipes, sino una cárcel dirigida por un psicópata sin escrúpulos. Había más cuadros, todos ellos llenos de sangre y dolor, de mujeres y niñas. Espero que en su tiempo ese hombre haya sido castigado con una muerte indigna. Era horrible, deseaba salir de ahí lo antes posible, pero mi curiosidad no me dejó.
Subí las escaleras con sumo cuidado, pues las infinitas grietas avisaban su derrumbe. Intenté no perderme por los pasillos. Llegué a unas cuantas habitaciones, casi todas con altísimas estanterías repletas de libros. Encontré un dormitorio que era mucho más grande que el resto, una cama enorme, chimenea, mesa y sillas... supuse que sería de él. No había nada misterioso que pudiera delatar sus delitos.
Salí de esa casa, era escalofriante y yo había venido a este pueblo por placer, para descansar y desconectar. Y la verdad es que esto no ayudó a desalojar mis recuerdos.
Fui corriendo al área de descanso donde perdí a mis compañeros. Estaban un poco desesperados buscándome.
- ¡Haylie! Pero, ¿se puede saber dónde te habías metido? Joder, ¡no hace ninguna gracia! Ya estábamos en lo peor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)